Querido(a) Amigo(a) Vivimos en una época en la que muchas personas hablan de la paz mundial. Se organizan conferencias, se firman acuerdos, se realizan campañas y manifestaciones. Se reclama el fin de las guerras, de la violencia, de las injusticias y de los conflictos que parecen multiplicarse en todas partes.
También es frecuente escuchar preguntas profundas y difíciles: “¿Por qué existe tanto sufrimiento?”, “¿Por qué Dios permite el mal?”, “¿Por qué ocurren las guerras?”.
Son preguntas legítimas. Sin embargo, existe otra pregunta que pocas veces estamos dispuestos a formularnos:
¿Qué papel desempeño yo en la realidad que critico?
La mayoría de las personas mira los problemas del mundo como si fueran fenómenos completamente externos a ellas. Observan las guerras, la corrupción, el odio y la violencia como algo que sucede “allá afuera”, provocado por otros individuos, otros grupos o otras naciones.
Sin embargo, desde la perspectiva del Yoga Tradicional y del Vedānta, el mundo no es una entidad separada de quienes lo habitan. La sociedad está formada por individuos, y los individuos actúan de acuerdo con su nivel de conciencia. Las estructuras colectivas no son más que la expresión amplificada de tendencias que ya existen en el corazón humano.
Las guerras no aparecen por generación espontánea.
Antes de existir en los campos de batalla, existen en la mente de las personas.
Antes de manifestarse como bombas y armas, existen como ira, resentimiento, ambición, miedo, apego, orgullo y deseo de dominación.
La violencia colectiva es la suma de innumerables violencias individuales.
Por eso resulta paradójico que muchas personas condenen la violencia de las naciones mientras practican diariamente formas más pequeñas de violencia en su propia vida. Hablan de paz, pero mantienen enemistades durante años. Hablan de compasión, pero disfrutan humillando a quienes piensan diferente. Critican la corrupción de los poderosos, pero justifican pequeñas deshonestidades cuando les resultan convenientes. Reclaman contra la división del mundo, pero viven atrapadas en constantes conflictos familiares, laborales o personales.
Desde luego, existe una enorme diferencia entre una discusión cotidiana y una guerra internacional. Sin embargo, ambas nacen de la misma raíz: una conciencia incapaz de dominar sus propias tendencias inferiores.
El Yoga denomina estas tendencias kleśas: aflicciones mentales que oscurecen nuestra percepción de la realidad. Entre ellas se encuentran el egoísmo, el apego, la aversión y el miedo. Cuando estas fuerzas gobiernan la mente individual, generan sufrimiento personal. Cuando gobiernan a millones de personas simultáneamente, generan sufrimiento colectivo.
Por eso el Yoga nunca ha sostenido que la solución a los problemas humanos sea únicamente política, económica o tecnológica.
Todas estas dimensiones son importantes. Pero ninguna de ellas puede resolver por sí sola la raíz del problema.
Podemos crear mejores leyes, pero las leyes no eliminan la codicia.
Podemos construir mejores instituciones, pero las instituciones no eliminan el odio.
Podemos desarrollar tecnologías más avanzadas, pero la tecnología no transforma automáticamente la conciencia humana.
La historia demuestra que una mente dominada por la ignorancia puede utilizar incluso los mayores avances para generar más destrucción.
El Vedānta identifica la raíz última de este problema con la palabra sánscrita avidyā, la ignorancia espiritual.
Avidyā no significa simplemente falta de información o educación. Significa ignorar nuestra verdadera naturaleza.
Cuando olvidamos quiénes somos realmente, nos identificamos exclusivamente con el cuerpo, con la mente, con nuestras ideas, con nuestra nacionalidad, con nuestra religión, con nuestra posición social o con nuestros intereses particulares. Entonces comenzamos a percibir a los demás como rivales, amenazas o competidores.
De esta percepción limitada nace el conflicto.
El sabio ve unidad donde el ignorante ve separación.
Por eso las grandes tradiciones espirituales insisten en que la paz exterior no puede separarse de la paz interior.
La Bhagavad Gītā enseña que una persona incapaz de controlar su propia mente difícilmente podrá vivir en paz. Y una sociedad formada por individuos incapaces de gobernarse a sí mismos tampoco podrá establecer una paz duradera.
Esto no significa que debamos ignorar las injusticias o permanecer indiferentes frente al sufrimiento ajeno.
El Yoga jamás enseña pasividad.
La compasión exige acción.
La justicia exige acción.
La protección de los vulnerables exige acción.
Pero la acción debe surgir de una conciencia lúcida y equilibrada, no de la ira, el odio o el deseo de venganza.
Cuando intentamos combatir la violencia mediante más violencia, terminamos alimentando exactamente aquello que deseamos eliminar.
Por esta razón, uno de los principios fundamentales del Yoga es ahimsa, la no violencia.
Ahimsa no consiste únicamente en evitar el daño físico. También implica vigilar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras intenciones. Significa reconocer que cada acto de hostilidad que alimentamos internamente contribuye, aunque sea de manera imperceptible, al clima psicológico y espiritual de la humanidad.
La práctica espiritual, entonces, deja de ser un asunto privado y se convierte en una responsabilidad social.
Cada vez que una persona aprende a dominar su ira, disminuye una pequeña cantidad de violencia en el mundo.
Cada vez que alguien desarrolla compasión, aumenta una pequeña cantidad de compasión en la humanidad.
Cada vez que una persona actúa con honestidad, fortalece la honestidad colectiva.
Cada vez que alguien cultiva sabiduría, ayuda a disipar una parte de la ignorancia que oscurece a nuestra civilización.
Puede parecer una contribución pequeña.
Sin embargo, toda transformación colectiva comienza inevitablemente en individuos concretos.
Ninguna nación puede ser más consciente que las personas que la componen.
Ninguna sociedad puede ser más ética que la conciencia promedio de sus ciudadanos.
Ninguna paz mundial será estable mientras la guerra continúe habitando en el corazón humano.
Quizás, entonces, la pregunta no sea únicamente por qué Dios permite el mal.
Quizás debamos preguntarnos también qué estamos haciendo nosotros para disminuirlo.
¿Estamos contribuyendo a la armonía o al conflicto?
¿Estamos alimentando la comprensión o la división?
¿Estamos cultivando la paz que deseamos ver reflejada en el mundo?
La paz mundial comienza mucho antes de los acuerdos internacionales, de los tratados diplomáticos o de las decisiones de los gobiernos.
Comienza en la conciencia humana.
Comienza cuando aprendemos a observar nuestras propias sombras con honestidad.
Comienza cuando dejamos de esperar que otros cambien primero.
Comienza cuando asumimos la responsabilidad de nuestra propia transformación.
Porque la paz que exigimos al mundo debe convertirse, antes que nada, en la paz que cultivamos dentro de nosotros mismos.
En divina amistad, Rasa Mandala Das Gran Maestro de Yoga




